Otra vez me agarró la tristeza y me dio por cantar boleros

Cortar lechuga, desparpajos de color verde sobre la encimera.

Me llevó de la mano a ocupar el espacio acuoso de sus gestos

A barrer silencios y murmullos como el que espanta ladridos

Que no son de poeta, ni manchan de negro las paredes.

Estiro las sábanas que madrugan y las mañanas dormidas

Y en un remanso de la sala, mi mano acaricia un aleluya.

Embaraza el sol una ventana e inunda la cercana hora de este día.

Mientras,  un rey pájaro, me mira desde el otro lado de la calle.

El sol me abriga, abro la puerta y empujo a salir el quebranto.

He de saber qué medida tiene la fragilidad de este momento.

Envuelvo mi piel en un salto de calle, y canto entre gente que camina.

 

Crucificada 40 x 30 cm. Acuarela sobre papel arches.

 

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