Hace aproximadamente dos años de una mañana que desperté con un sueño colgado de una sonrisa. Estaba entusiasmada, y en esos días que siguieron, no paré en relatar a quien se cruzaba en mi camino mi anhelado sueño. Volaba.

Volar a ras del suelo, hacer giros increíbles, recorrer a la velocidad del vuelo de un pájaro algunas calles que forman parte de escenarios ya vividos fué, tan sumamente placentero, que he vuelto a soñar que soñaba ese sueño, y esos días de contadora de mi misma; pero otro vuelo, en otras calles o en otro cielo, no ha vuelto a visitarme a día de hoy en noche alguna. Sigo soñando despierta con que Morfeo me invite a volar, pues poco o nada elevan el vuelo las alas de la imaginación de estos ojos bien abiertos. Son otros los vuelos que alcanza mi mente cuando camino despierta, los pies bien plantados en la tierra.

Tengo vértigo. Una contradicción encantadora. Tengo vértigo, pero amo tanto el cielo, como esta tierra que piso. En el fondo ser siempre bípeda aburre, y uno desearía ser pájaro o ser pez, por sentir, explorar, y habitar otros universos. Ser mujer pájaro o mujer pez, aunque esta última ya esté muy inventada, no deja de ser un pretexto por dominar otros territorios inalcanzables, que, por más que una se ponga de puntillas, o se ponga aletas, no llega, aunque bien pensado, prefiero las puntillas pues la profundidad del mar aún me duplica más el vértigo. Imagino que es hacerse también un poco más antigua, más de siempre, más sabia. Es llenarse la piel de colores por fuera, tener otro sabor, otro tacto.

Desayuno con la vista puesta en el pino y el ailanto que a su vez me miran desde detrás de la ventana, siempre habitados por los escandalosos gorriones y algunos otros vecinos inesperados. No he visto pájaro u ave que no llame mi atención, que no me guste. No importa que tengan los ojos a los lados, ni como me estarán mirando. Hoy he visto bandadas en forma de V cruzar este cielo de Madrid, mis ojos jamás dejan de seguirlos.

Hay hombres a los que también convertimos en pájaros, en superhombres, o supermujeres volanderos. Disfruté y aprendí de ellos siendo niña, nacían para los tebeos, los comic de la marvel,o los libros de literatura e historia con los que iba creciendo. Ellos viajaban por ti sobre una sencilla hoja de papel. Sin tener alas volaban, y eso era lo más increíble. Habían inventado los aparatos de la modernidad para escalar el cielo. Pero no fueron sus aparatos los que llamaron mi atención ni sus increíbles dibujos, pues jamás me intereso lo más mínimo copiarlos. Yo amaba el hecho en sí mismo de volar, e imaginaba que quien los creaba poseía mí mismo sueño.

Una sueña con volar por alcanzar otros cielos, aunque estos estén boca abajo. El caso es escapar de la maraña que en ocasiones nos atrapa. Otro cielo por favor, y a ser posible, que no sea ni gris, ni negro. Otro cielo para las mujeres volanderas, si brujas, y si así alguien nos define y viera, que sepa que las que volamos damos a ser, buenas brujas y hechiceras.

Brujas volando sin escoba de madera. Es otro el palo que eleva este espíritu femenino, aquel nacido para la vida y los placeres más cercanos. Aquel que en las noches todas lo convierte en fiesta. Un hechizo profundo y mágico que nos arrastra hacia la vida, y si él sabe dirigirlo, y yo se montarlo… Volamos

Yo vuelo con mi nombre de la V a la A, dormida y despierta. Vuelo, vuelvo, y aterrizar no siempre es fácil. Sólo si paras y piensas, aparece el vértigo. Aquí abajo, siempre es todo más duro; y más ahora en esta tierra donde el agua parece negarse a caer y hay que llamarla en un rito, bailando, cantando. Las alas al igual que las hojas que cayeron, nacerán esta primavera como un vuelo esperanzador, único, libre e indomable.

Madrid, 6 de Marzo de 2019

Virginia Garrosa

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